"El circo es una vecindad: están los que estudian, los locos y las viejas chusmas"
Entre las luces y sombras de un espectáculo que recorre el país desde hace 9 años, 14 familias conforman un staff de más de 50 personas que brillan en la pista entre magia y malabares. Pero, a la vez, habitan en casas rodantes en las que acarrean sueños, dificultades y desafíos. La carpa es su territorio.
En plena siesta lluviosa, ocho muchachos fornidos aprovechan que aparece el sol para apuntalar 3 columnas con reflectores en el frente del predio. A la vez, se disponen a descargar el contenido de un carro de escombros, para asentar el suelo en medio del barro. Detrás de los recintos que servirán de boletería, por la avenida Pomar frente a un gran hipermercado, la actividad es frenética para ultimar detalles antes de la inauguración, prevista para mañana, a las 21.
Una señora humilde se detiene al ver la actividad para preguntar si puede haber algún trabajito para su hija. Y Dante, el dueño del circo Luxor y presentador, le indica que se aproxime a unas camionetas que están a punto de partir para anunciar la llegada del espectáculo a la ciudad.
—¡Caramelo, esperá! —grita Dante, para darle tiempo a la mujer a cruzar la avenida y coordinar que su hija participe de la distribución de la publicidad callejera.
Dante es un señor de 60 años que aparenta menos edad, pero que tiene la mirada de quien recorrió el mundo y vio pasar mucho delante de sus ojos. Nació y creció en un circo y relata con orgullo que sus nietos son la sexta generación de una familia circense. Todo lo que sabe lo aprendió de sus padres y de la vida en el circo, que tiene –como todo espectáculo– luces y sombras. Pero un gran punto en común que lo enlaza todo: la familia.
Habla ligero y con acento entre uruguayo y entrerriano, gesticula con gracia y en algún momento, no puede evitar la emoción y las lágrimas, en especial cuando intenta explicar cuál es el sentido de ese estilo de vida: reunir a la familia.
«Hice de todo en el circo: era acróbata, trapecista, hice cama elástica, manejo los camiones y armo la carpa. El circo es mi casa, mi hogar», explicó. Aún siendo joven, trabajando en el circo que supo ser de su familia, estaban en Neuquén cuando la firma contrató a Carlos Villagrán (actor mexicano que representaba a Quico en el show del Chavo del 8). Y Dante se hizo amigo de sus hijos. «Los pasé a buscar para llevarlos a conocer los Arrayanes, y Quico pidió venir. Se subió a mi viejo falcon, pasamos por una rotisería y compramos lengua a la vinagreta y ensalada rusa para almorzar en un bosque. Habían comido en tantos lugares lujosos, con presidentes y famosos, y estaban disfrutando el paseo y la comida como si fuera lo mejor del mundo», recordó Dante. Así, sin querer, nació una relación de amistad y laboral que le cambiaría la vida.
Un sueño y USD 700
«Soy nacido y criado en el circo de Osvaldo Terry de la familia Guasconi. Luego me fui por mi cuenta, porque tenía sueños, como los tienen todas las personas. Ahora en este circo, ya están mis nietos, que son la sexta generación de artistas», destaca con orgullo.
Dante apela a su voz de locutor y animador y simula la presentación: «Directo desde el canal de las estrellas, llega Carlos Villagrán, el auténtico Quico del Chavo». Cuando el contrato de Quico se había terminado, Dante se fue para Brasil a trabajar en otro espectáculo, donde le pagarían USD 80 por semana. Pero al notar Villagrán la ausencia de su nuevo presentador, lo hizo llamar por teléfono a la comisaría del pueblo brasileño donde se encontraba. «Te anda buscando la secretaria de Carlos», le dijo un primo desde Buenos Aires. «En aquellos tiempos, sin celulares ni redes sociales, la gente llamaba a la comisaría para hablar con los parientes», recuerda.
Así, al día siguiente, llegó la comunicación. Dante pensaba que el llamado provendría de Carlos Segura, propietario del Circo Real Madrid, el más importante de Argentina en aquel tiempo. Pero del otro lado de la línea se encontraba Quico, reclamando porque Dante se había ido al Vostok de Brasil.
Así, le ofreció el regreso para acompañarlo como su presentador, y convenció al dueño del Vostok de que le permitiera partir aún cuando había firmado un contrato por un año. A cambio, él visitaría el circo con su espectáculo a modo de compensación.
«Llegué a San Rafael, Mendoza, donde me estaban esperando. Luego fuimos a San Juan y ya llevábamos tres meses. Me había ofrecido pagarme USD 700 por ese trabajo, mucho más que los USD 280 que estaba ganando en Brasil, así que no lo dudé. Pero no me imaginé que seguiría trabajando con él durante 12 años», recordó.
Así, conoció muchísimas ciudades de todo el continente. Y aseguró: «En Argentina tenemos el mejor país del mundo, lo tenemos todo».
Por esa vida de viajes constantes, él nació en Santa Fe, de un papá cordobés y mamá entrerriana. Su hermana, Olga Lucía, es correntina porque nació cuando el circo justo pasaba por acá. Su hijo es uruguayo como su mujer Rosario. Mientras que su hija nació en San Francisco, Córdoba. Cuando Dante los menciona la emoción le cambia la voz. «Como todos tenemos sueños, yo también los tenía. Pensé que iba a trabajar para comprarme una casa o un departamento y asentarme con mi familia, pero al final terminé comprando un circo», relató. Con tantos años de esfuerzo y con la familia separada, logró ahorrar lo suficiente para comprar su primera carpa, que le costó USD 22.000. Y apostó por reunirlos.
«Crecimos mucho, tenemos 4 carpas, varios vehículos, hay malabaristas, equilibristas, un espectáculo de aquadance, el globo de la muerte, el péndulo espacial, telas, malambo, equilibrio sobre cilindros, y por supuesto, payasos», enumeró.
A la pregunta sobre si trabajó con animales en algún momento, respondió con un chascarrillo rápido: «No, mi suegra está en Uruguay».
«Antes había animales en los circos, porque la gente los consumía. La llegada de un circo a una ciudad suponía ver leones, tigres, elefantes. Luego eso con el tiempo fue cambiando, quedamos los artistas, que debemos también renovarnos. El espectáculo del circo es lo más sano que hay: es para toda la familia, supone dos horas en las que te desconectas de todo, adentro no hay peligro ni alcohol ni nada, a lo sumo panchos, pochoclos y manzanas con caramelo», describió.
En un relato en el que hilvana recuerdos tristes con anécdotas, comentó cómo fue que conoció a Rosario, su mujer. «Habíamos llegado a un pequeño pueblo llamado Mercedes, a pocos kilómetros de Gualeguaychú. Mi me veía pasar en la moto en la que se hacia el espectáculo del globo de la muerte, para ir a la panadería frente a su casa a comprar pan», contó. Unos días después, Fabricio (ahora su cuñado) visitaba el circo porque se había hecho amigo del enanito. Y con él, llegó Rosario. Dante entraba con el camión y la vio junto a la jaula de Carlitos, el gorila luchador. Así se conocieron, él la invitó al espectáculo, luego a salir. Y siguieron viéndose como novios durante 6 meses. El circo se fue de Mercedes, pero el viajaba cada vez que podía a visitarla. «Pasaba en su living sentado 4 o 5 horas y regresaba al circo, porque no podía faltar, yo era el malabarista, el trapecista y el que manejaba los camiones, no me dejaban ausentarme», recordó. Hasta que luego se casaron y Rosario se fue con él al circo.
Pero comenzar una vida propia y alejarse de la familia para hacer su propio camino no fue fácil. «Teníamos una rambler y una frazada con agujeros que me había regalado mi mamá», recuerda.
El legado
Así como él aprendió del oficio con sus padres, quienes lanzaban cuchillos y hacían equilibrio, y ellos de sus padres que eran ventrílocuos; también sus hijos aprendieron de esa vida, y ahora lo hacen sus nietos. Luan, de unos 10 años, es uno de los payasos. Pero también van a la escuela. «Escolarizarlos es la decisión de cada familia. En cada ciudad a la que van, asisten y es una obligación del establecimiento darles lugar. Allí se hacen amigos, hasta que deben volver a partir.
Aprenden a trabajar, a comprar sus zapatillas. Y también viven una vida de puertas adentro, aunque viajan y conocen muchas cosas, que otros chicos de esa edad nunca tienen la posibilidad de ver», describe.
Ahora, entre las luces y los maquillajes, Dante recuerda que compró el circo para reunir a la familia, y ahora le duele la distancia con su papá a quien despidieron de mal modo de la vida circense en otra empresa. «Se quedó tan enojado que no quiere tampoco vivir con nosotros». Y también con su hijo, llamado como él, Dante Carlos, que «por culpa de la pandemia se fue a Estados Unidos con su esposa, que es de Brasil, y allí tuvieron a un par de mellizas, que ahora cumplieron un año», relató.
Hace algunos meses, Dante fue a buscar a su hijo con su familia en Estados Unidos y logró convencerlo de regresar a Argentina. «Embarcamos con casa rodante y todo desde Miami hasta Chaco. Pero allí, en una localidad, les robaron. Y mi hijo me planteó que prefería regresar a Estados Unidos, que no quería esa inseguridad y ese tipo de riesgos para sus pequeños hijos», lamentó.
Aunque ahora vuelven a estar a la distancia, Dante asegura que ama la vida de circo. «Es como una vecindad: tenes quienes quieren progresar, quienes tienen sueños, a los locos, los borrachos y a las viejas chusmas. Acá vivimos 14 familias, y cada uno colabora con todo porque esta es nuestra vida».
Eso es lo que ofrece el circo: un espectáculo de las familias, para las familias. Por eso no creo que el circo vaya a desaparecer», enfatizó al final.
